In Memoriam

 

In Memoriam

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

Conocí hace muchos años al P. Manuel Olimón en dos espacios que fueron siempre comunes a ambos, la Universidad Pontificia de México (UPM) y el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC). Compartimos igualmente dos inquietudes que por distintos caminos nos llevaron a identificarnos, la historia de la Iglesia, yo como especialista en la antigüedad cristiana, él como historiador nato, además de su rigurosa formación metodológica. La otra inquietud fue la cuestión social desde el IMDOSOC, a él le apasionaba la política desde la vertiente histórica, a mí la política desde sus expresiones actuales, ambos con una mirada crítica y propositiva.
El P. Manuel se distinguió por su elegancia en el uso del lenguaje escrito y su precisión científica con magníficos ensayos y conferencias que pronto le abrieron los ambientes culturales y los círculos académicos de México. Pertenece a ese pequeño selecto grupo de clérigos ilustrados que siempre han sabido entablar un diálogo abierto y franco aún con los ambientes más contrapuestos con la visión religiosa de la vida. Se ganó el respeto y el aprecio en los más disímbolos ambientes intelectuales por su erudición, y fue siempre buscado por los medios de comunicación por su manera novedosa de tratar distintos temas desde su clara identidad sacerdotal y su altura académica.
Exigente consigo mismo, era incapaz de improvisar de manera superficial sus intervenciones, preparando con esmero la infinidad de temas sobre los que disertó en la historia, el arte, la política y la cuestión social. Tuvo, además, una pasión que le llevó a una nueva aventura en el escenario eclesial y cultural, el mundo del arte, especialmente el arte sacro, en que encontramos una de las expresiones más significativas de la historia de la Iglesia. La primera y más importante exposición de los Museos Vaticanos en México en 1993, tuvo en el P. Manuel Olimón su mejor exponente. A partir de allí, junto con expertos de la Universidad Gregoriana de Roma, promovió durante varios años esta invaluable expresión de la genialidad humana iluminada por el Evangelio.
Un capítulo que marcaría dramáticamente su vida hacia el año dos mil, fue el análisis histórico que hizo sobre la figura del vidente del Tepeyac, el indio Juan Diego, en pleno proceso de su canonización. El P. Olimón se acercó al acontecimiento guadalupano desde el método histórico crítico con una fuerte dosis de positivismo, muy propio de la historiografía racionalista, donde ante la falta de algún documento contundente, el historiador no puede afirmar objetivamente la realidad de los hechos. Es el argumento con el que más de la mitad de la historia humana simplemente no existe por carecer del dato objetivamente inobjetable. Este fue su espacio metodológico y este fue también su dolor existencial: fiel a su formación académica, no pudo dar el paso a la aceptación de san Juan Diego, con todo lo que ello implica, pero fiel a su vida sacerdotal y a su innegable convicción cristiana, vivió sus últimos años marcado por una cierta división interior.
Dejó prematuramente la Universidad Pontificia, desarrolló con cierta discreción su actividad académica, y se abrió paso fatigosamente hacia la vida pastoral en su natal Nayarit, hasta que un día le sorprendió la Providencia en una travesía que describe su historia: caminando solo por caminos nuevos, llenos de historia y de humanidad, llenos de significado y desafíos a la fe y a los principios de la trascendencia, los caminos actuales de Europa, con un pasado de profundas raíces ancladas en el Evangelio y un presente marcado por el desconcierto. Allí encontró el momento de su definición final, Edimburgo, Escocia, que no se entiende sin la inmensa cultura cristiana tejida por multitud de monjes y fieles laicos que la cierta historia no reconoce y en medio de una modernidad que ha puesto en crisis su identidad. Allí, el señor de la Historia le ha tomado de la mano, al siervo fiel en las cosas pequeñas y grandes, comprometido con la autenticidad, para llevarle a su morada eterna, esa misma que no podemos analizar con nuestros métodos temporales porque es una realidad metahistórica y perenne. Que el Padre Manuel goce siempre de la paz definitiva junto a Dios, mientras queda en el recuerdo agradecido de quienes compartimos de su amistad y su talento.
Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos
Rector
Universidad Pontificia de México