EMMO. CARDENAL ERNESTO CORRIPIO AHUMADA

Promotor en la reapertura de nuestra Universidad

En este mes de abril, específicamentehace 10 años, Nuestro Padre Dios se dignó llamar a su presencia al Eminentísimo Señor Cardenal Don Ernesto Corripio Ahumada, quien fue Arzobispo Primado de México. Sirvan estas líneas para agradecer al Creador, la benevolencia, disponibilidad y entrega generosa que tuvo el Cardenal Corripio para con esta casa de estudios; y sirvan a la vez como homenaje para quien supo ser un hábil instrumento en sus manos, a fin de que las actuales generaciones del personal: docente, discente y administrativo, que labora en la Universidad Pontificia de México, conozca la figura de nuestro primer Gran Canciller, y lo tenga en cuenta en sus oraciones.

Biografías del ilustre purpurado se encuentran en muchas partes, así que yo me limitaré a la relación que existió entre Él y la UPM. Su ilustre predecesor en la sede metropolitana, el Cardenal Don Miguel Darío Miranda, había estado insistiendo por más de una década ante las autoridades romanas, para que la Universidad Pontificia fuera nuevamente una realidad en el país; pero sería la XXV asamblea plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano, 15-18 de abril de 1980, la que acordó solicitar a la Sede Apostólica, su autorización para refundar en México una facultad de teología. Era por entonces su presidente Mons. Ernesto Corripio, a quien en consecuencia le correspondió nombrar a la comisión que finalmente cumplió con el objetivo, presidida por su obispo auxiliar Mons. Javier Lozano Barragán. Esta comisión se comenzó a reunir el 13 de junio, la cuestión económica se había encomendado a Mons. Rafael Ayala Ayala, tesorero de la CEM, algo no funcionaba, por lo que se vio en la necesidad de renunciar, y en abril del año siguiente lo remplazó Mons. Francisco María Aguilera, también Obispo Auxiliar de México; así que podríamos decir que el proyecto universitario se quedó en manos de la citada arquidiócesis, a cuyo frente estaba el Cardenal Corripio.

Se querían iniciar los cursos en septiembre de 1981, pero la XXVII asamblea plenaria de la CEM, lo pospuso un año, durante el cual se adquirió la actual sede universitaria, pues ya habían decidido iniciar en el seminario conciliar de México, para lo que se hizo una petición formal a Don Ernesto. El 16 de noviembre de 1981 en la novena reunión del comité episcopal se acuerda firmar el documento oficial mediante el cual se solicita a la Congregación Romana la reapertura de la UPM, 16 de noviembre de 1981, firman los miembros del comité encabezados por su presidente el Cardenal Corripio. La respuesta fechada el 28 de noviembre de 1981, y dirigida al firmante principal, pone siete puntos esenciales para conceder lo solicitado, pero aprueba la apertura de cursos para septiembre de 1982, y pide fecha para la erección. El 28 de diciembre 1981 se envían las correcciones concretas a los estatutos, también dirigidas al Cardenal. En ellas se subrayan los derechos-deberes que tiene de por si el Ordinario local, respecto a la vigilancia sobre la ortodoxia y las costumbres, de alguna universidad situada en su territorio; razón por la cual Don Ernesto Corripio va a quedar ligado a la UPM hasta que lo liberen de la responsabilidad pastoral de la arquidiócesis de México.

Fijada la inauguración para el 29 de junio de 1982, comienzan los preparativos de la ceremonia, donde Don Ernesto será pieza esencial, acepta la sugerencia de que el Cardenal Sebastiano Baggio presida la eucaristía inicial, agradece a su Santidad Juan Pablo II la reapertura de la Universidad Pontificia de México, 8 de junio de 1982, y recibe toda la documentación y el compromiso oficial para que esta institución comience a funcionar.

Lo que ocurre en la basílica de Guadalupe el 29 de junio de 1982, cuando el secretario de la Congregación para la Educación Católica Mons. Antonio María Javierre lee el documento que erige canónicamente la facultad de teología, y nombra Gran Canciller al Emmo. Sr. Cardenal Don Ernesto Corripio Ahumada, el primero en la nueva era que presidirá por ello el Consejo Superior Universitario. Ese mismo día por la tarde, en el auditorio de la Universidad Lasalle, Mons. Corripio, en su nuevo puesto, dio el mensaje de bienvenida. Finalmente el 12 de julio agradecía a las autoridades romanas la atención que habían manifestado en todo el proceso.

Se terminaban las festividades y comenzaba la organización de la realidad, y como Presidente del Consejo Superior, guiará los comienzos de esta institución, teniendo que dar soluciones prácticas a las múltiples dificultades que fueron surgiendo, sobre todo de carácter económico, y referentes a la adecuación de las instalaciones, tanto académicas como habitacionales para profesores y alumnos. El 29 de julio se tomaron las decisiones que marcarían el camino, a fin de que el 6 de septiembre se iniciara la actividad académica, la misa del Espíritu Santo presidida el Gran Canciller, terminada la cual se pasó al acto académico, donde el mismo Don Ernesto dictó la lectiobrevis, la cual versó sobre la missiocanonica, la misión canónica que se le confiaba a la universidad.

En el mes de noviembre de ese mismo año, terminó Don Ernesto su labor como presidente de la CEM, y a la vez su cargo como Primer Gran Canciller de la UPM, aunque como arriba se mencionó siguió unido a ella, por ser el Ordinario del lugar sede de la UPM, ahora como Vice Gran Canciller, hasta el 29 de septiembre de 1994, en que su Santidad Juan Pablo II lo exoneró de su cargo como Arzobispo Primado de México.

Por todas estas razones la Universidad Pontificia de México le confirió el primer doctorado Honoris Causa en Teología, el 24 de octubre de 1996, lo que ocurría por primera vez en la historia de la institución. En su discurso de aceptación recordó el largo camino recorrido hacia la reapertura universitaria, para terminar trazando los retos que este centro de estudios tiene frente al tercer milenio: Fidelidad al evangelio, diálogo con el mundo moderno, la Mexicanidad de la teología, y un espíritu de libertad, siempre en el horizonte del Evangelio.

 

Este próximo 25 de abril, el Sr. Cardenal Carlos Aguiar Retes celebrará la Eucaristía en la Catedral Metropolitana a las 13:00 hrs, para recordar al Emmo. Cardenal Ernesto Corripio Ahumada.

Pbro. Dr. Roberto Jaramillo Escutia, O.S.A.

Facultad de Teología

In Memoriam

 

In Memoriam

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

Conocí hace muchos años al P. Manuel Olimón en dos espacios que fueron siempre comunes a ambos, la Universidad Pontificia de México (UPM) y el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC). Compartimos igualmente dos inquietudes que por distintos caminos nos llevaron a identificarnos, la historia de la Iglesia, yo como especialista en la antigüedad cristiana, él como historiador nato, además de su rigurosa formación metodológica. La otra inquietud fue la cuestión social desde el IMDOSOC, a él le apasionaba la política desde la vertiente histórica, a mí la política desde sus expresiones actuales, ambos con una mirada crítica y propositiva.
El P. Manuel se distinguió por su elegancia en el uso del lenguaje escrito y su precisión científica con magníficos ensayos y conferencias que pronto le abrieron los ambientes culturales y los círculos académicos de México. Pertenece a ese pequeño selecto grupo de clérigos ilustrados que siempre han sabido entablar un diálogo abierto y franco aún con los ambientes más contrapuestos con la visión religiosa de la vida. Se ganó el respeto y el aprecio en los más disímbolos ambientes intelectuales por su erudición, y fue siempre buscado por los medios de comunicación por su manera novedosa de tratar distintos temas desde su clara identidad sacerdotal y su altura académica.
Exigente consigo mismo, era incapaz de improvisar de manera superficial sus intervenciones, preparando con esmero la infinidad de temas sobre los que disertó en la historia, el arte, la política y la cuestión social. Tuvo, además, una pasión que le llevó a una nueva aventura en el escenario eclesial y cultural, el mundo del arte, especialmente el arte sacro, en que encontramos una de las expresiones más significativas de la historia de la Iglesia. La primera y más importante exposición de los Museos Vaticanos en México en 1993, tuvo en el P. Manuel Olimón su mejor exponente. A partir de allí, junto con expertos de la Universidad Gregoriana de Roma, promovió durante varios años esta invaluable expresión de la genialidad humana iluminada por el Evangelio.
Un capítulo que marcaría dramáticamente su vida hacia el año dos mil, fue el análisis histórico que hizo sobre la figura del vidente del Tepeyac, el indio Juan Diego, en pleno proceso de su canonización. El P. Olimón se acercó al acontecimiento guadalupano desde el método histórico crítico con una fuerte dosis de positivismo, muy propio de la historiografía racionalista, donde ante la falta de algún documento contundente, el historiador no puede afirmar objetivamente la realidad de los hechos. Es el argumento con el que más de la mitad de la historia humana simplemente no existe por carecer del dato objetivamente inobjetable. Este fue su espacio metodológico y este fue también su dolor existencial: fiel a su formación académica, no pudo dar el paso a la aceptación de san Juan Diego, con todo lo que ello implica, pero fiel a su vida sacerdotal y a su innegable convicción cristiana, vivió sus últimos años marcado por una cierta división interior.
Dejó prematuramente la Universidad Pontificia, desarrolló con cierta discreción su actividad académica, y se abrió paso fatigosamente hacia la vida pastoral en su natal Nayarit, hasta que un día le sorprendió la Providencia en una travesía que describe su historia: caminando solo por caminos nuevos, llenos de historia y de humanidad, llenos de significado y desafíos a la fe y a los principios de la trascendencia, los caminos actuales de Europa, con un pasado de profundas raíces ancladas en el Evangelio y un presente marcado por el desconcierto. Allí encontró el momento de su definición final, Edimburgo, Escocia, que no se entiende sin la inmensa cultura cristiana tejida por multitud de monjes y fieles laicos que la cierta historia no reconoce y en medio de una modernidad que ha puesto en crisis su identidad. Allí, el señor de la Historia le ha tomado de la mano, al siervo fiel en las cosas pequeñas y grandes, comprometido con la autenticidad, para llevarle a su morada eterna, esa misma que no podemos analizar con nuestros métodos temporales porque es una realidad metahistórica y perenne. Que el Padre Manuel goce siempre de la paz definitiva junto a Dios, mientras queda en el recuerdo agradecido de quienes compartimos de su amistad y su talento.
Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos
Rector
Universidad Pontificia de México