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Mensaje del Rector ante los sismos

 

 

 

 

UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE MÉXICO·VIERNES, 22 DE SEPTIEMBRE DE 2017

 
La Universidad Pontificia de México, como comunidad universitaria católica, Institución del episcopado mexicano, comparte el dolor y la preocupación de muchos conciudadanos, no solo de la Ciudad de México, sido de otras poblaciones de Oaxaca, Chiapas, Morelos y Puebla, que sufren las consecuencias por los sismos del 7 y del 19 de septiembre de este 2017.
Nos duele especialmente el drama de la muerte que se vive en muchas familias por la pérdida de algún ser querido, siendo mucho más sensible la muerte de los niños y los más jóvenes, añadiendo a esto también la pérdida de muchos bienes materiales y patrimonios.
Los fenómenos naturales nos hacen conscientes de la fragilidad de nuestra condición humana, pero también son ocasión para recordar que todos necesitamos unos de otros. Volvemos a encontrarnos con sentimientos humanos fundamentales de solidaridad, generosidad y fraternidad. En medio de la tragedia descubrimos que podemos construir un mundo menos violento y más solidario, donde el bien es posible, donde el compromiso con los otros, especialmente los más necesitados, nos hace mejores hombres y mujeres.
Como creyentes, queremos compartir con todos, la fortaleza que nos da nuestra fe en Jesucristo, quien participó de todos nuestros dolores desde la Cruz, para darnos horizontes siempre nuevos de esperanza con su Resurrección. Como hermanos en la fe tenemos en María de Guadalupe una intercesora amorosa que nos acompaña animando nuestro camino y que nos dice con mucha delicadeza: ¿Por qué te angustias, porqué tienes miedo, no estoy yo aquí que soy tu madre?, palabras que estamos comprometidos a convertir en acciones concretas diciendo a quien más lo necesita, sobre todo en momentos decisivos de la vida: ¿porqué te angustias, porqué tienes miedo, no estoy yo aquí que soy tu hermano?
Como comunidad universitaria deseamos que en medio de la tragedia reencontremos juntos un sentido más pleno de la vida en la solidaridad con los otros y en la mirada y la confianza hacia el Dios de la vida y la misericordia.
Nos unimos a la pena de quienes perdieron amigos o familiares, expresamos nuestro más sentido pésame a ellos y a las instituciones que se vieron afectadas, sobre todo las escuelas, en particular con los niños que han vivido momentos de angustia, dolor, o que ya están en la presencia de Dios. Nos unimos fraternalmente a los hermanos de las diócesis que pasan por un este momento de agonía, y que sepan que les acogemos y servimos con nuestro cariño, oración y bendición.
Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos,
Rector Universidad Pontificia de México
 
La fe cristiana ante el dolor humano
Delante de las circunstancias que provocan el dolor humano nos asalta el cuestionamiento angustioso del ¿por qué? ¿Quién permite eso? ¿Será Dios quien juega con el temor del hombre o lo castiga para definir su destino?
Está claro que nadie invoca el sufrimiento ni está del todo preparado para afrontarlo sorpresivamente, está claro, además, que la conciencia del individuo se perturba ante el infortunio y busca justa o injustamente una salida, un responsable, una satisfacción de la pena.
El ser creado es limitado, el hombre tiene delante de sí la vida y la muerte porque su naturaleza es precaria, el conocimiento de esa limitación es imperceptible la mayoría de las veces, y tampoco es agradable aceptar una realidad de cambio. El sufrimiento de la persona aumenta cuando hay confusión de principios y rencor en la memoria, más aún, cuando somos conscientes del pecado propio y del de los demás entramos en un estado de desesperación, sentimos que con nada nos conformamos y terminamos achacando la culpa a quien no causó el daño, aumentando la pasión de las víctimas.
Ante estas coordenadas de la vida del hombre, Cristo vino al mundo para compartir la experiencia de dolor, verificada desde su propio nacimiento en la carne, en la soledad e incomprensión de sus familiares y contemporáneos, en su sacrificio en la cruz por perdonarnos. Llama la atención sus palabras: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34), Padre, que pase de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc, 22,42), Padre en tus manos encomiendo mi espíritu ( Lc, 23,46).
Con la esperanza de la Resurrección del Señor, el creyente tiene un principio de fe y de esperanza que no falla, porque es la certeza de la vida y no de la muerte, es la fuerza de la alegría y no del llanto, es la llamada a una vida superior y no de una realidad de pérdida la que levanta al cristiano por el paradigma de la fuerza de amor de Jesús que nos liberó del pecado (es la consciencia del pecado fuente de sufrimiento), porque él nos desató de la cadena de la angustia y nos premió con la corona de la gloria por su sangre derramada para perdonarnos.
Ante estos momentos de dolor y de angustia debemos ser fuertes en demostrar solidaridad a ejemplo de Cristo, Hijo de Dios quien dejando su condición divina se hizo pequeño para hacernos grandes (Fil 2,6), hagámonos pacientes, nobles, humildes, generosos en el don de sí mismos.
Algo que hemos aprendido en las brigadas de este sismo son las señales, los lenguajes de la ayuda: ‘silencio, nadie se mueve, sigamos trabajando, necesitamos agua’. Cristo guardó silencio ante el dolor, no se movió ante los insultos, pero tampoco se mostró pasivo, él tendía internamente hacia la voluntad de su Padre, en los momentos del suplicio seguía trabajando por la salvación del hombre, porque él es la fuente de agua que brota hasta la vida eterna (Jn 4,14).
En efecto hay mucho que hacer en estos momentos de dolor y de incertidumbre, pero la fe siempre debe salir adelante, es el faro que nos guía. Los mexicanos tenemos confianza, y recordando los principios de nuestra fe cristiana sabemos que Cristo es nuestra paz y la vida verdadera, ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? (Rom 8,35-39).
La fe es un acto necesario en las labores de rescate, el Señor nos rescató porque tuvo fe en su Padre, nosotros hemos de salvar la vida encomendados a la fuerza vivificadora de su amor salvador.
 Pbro. Lic. José Alberto Hernández Ibáñez | Secretario general
Universidad Pontificia de México

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DIERON INICIO LOS CURSOS 2017 en la UPM
Eran las 11:00 hrs del día 22 de agosto cuando la comunidad universitaria estaba reunida para dar inicio con la solemne de apertura de cursos del ciclo escolar 2017 - 2018, el cual tuvo lugar en el auditorio de la UPM.
Dicha celebración dio inicio con la Eucaristía, la cual fue presidida por el Emmo. Sr. Norberto Cardenal Rivera Carrera, Gran Canciller de la Universidad Pontificia de México, durante la homilía, el Card. Rivera dijo que Jesús, a través de la parábola del tesoro escondido en el campo, y la del comerciante de perlas finas que encuentra una perla muy valiosa, nos habla de la vida eterna como el valor absoluto que estamos llamados a conquistar, a partir de la sabiduría que debemos alcanzar, no de la capacidad de almacenar conocimientos, como los discos duros e hizo énfasis en los alumnos y alumnas como la razón de ser de la misma.
Acto seguido, se realizó el acto académico, primeramente, con la participación del Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos, quien dio un mensaje de inauguración a la comunidad mencionando algunos de los logros del año lectivo pasado, así como de las actividades realizadas, los cursos de verano, así como los próximos proyectos a realizarse. Definió en una frase el camino de la Universidad, en el esfuerzo por el bien y la verdad: “Somos una Universidad en pleno crecimiento en todos los aspectos”.
Además se renovaron algunos cargos en algunos departamentos de la Universidad, como el Pbro. Dr. Juan Carlos Casas García como Bibliotecario, El Pbro. Dr. Antonio Cano Castillo en la Maestría en Historia del Catolicismo en México, El Pbro. Lic. Juan Castillo Hernández en la sección de Teología y Cultura Guadalupana con sede en la Basílica de Guadalupe y el Mtro. Julio César Carbajal Montaño en Lenguas.
Posteriormente, se llevó a cabo una “Lectio brevis” a cargo del Pbro. Dr. Daniel Portillo Trevizo, con el tema “Psico-teología del discernimiento vocacional”.
Terminado el acto hubo una animada convivencia de toda la comunidad universitaria, con lo cual se abrió este nuevo periodo de estudios en el que, seminaristas, sacerdotes, religiosas y laicos, continuarán con su formación académica, en las diferentes licenciaturas, cursos o diplomados, en el camino emprendido hacia nuevas y mejores formas de servir a la Iglesia y a la sociedad.

 

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