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Muy queridas amigas y amigos de la UPM

En este mes de abril, celebramos la Pascua, primavera de la Iglesia. Y en estos días, hemos hecho una pausa en el calendario académico. El espacio para el descanso, nos da la oportunidad para apreciar que, en el entorno natural, algo nuevo está sucediendo (cf. Is 43, 19). También el espacio litúrgico nos invita a orar y contemplar, en la resurrección de Jesucristo, una nueva oportunidad para recrearnos y restaurarnos. Esta renovación ha de comenzar en cada uno de nosotros, de manera interior, pero también ha de proyectarse socialmente.

En su cíclica transformación, al paso de las estaciones, la naturaleza nos enseña, como Cristo en el evangelio, que hemos de aprovechar el tiempo presente para sanar heridas y recuperar fuerzas. Debemos reconocer que la vida es un dinamismo de permanente cambio, pues la muerte aparece cuando es imposible cambiar.

Coincidiendo felizmente con este llamado, de la naturaleza y de la Iglesia, a renovarnos, hemos iniciado en nuestra Universidad, el proceso de certificación AVEPRO (Agencia para la evaluación y promoción de la calidad de las Universidades y Facultades eclesiásticas). Nuestro propósito no es simplemente cumplir con este requisito solicitado por la Agencia de la Santa Sede, sino aprovechar esta formalidad para darnos la oportunidad de identificarnos como una comunidad, interesada en protagonizar una dinámica continua de cambio y de mejora.

La inercia cultural nos ha habituado a suponer que los cambios “deben” provenir, casi de modo espontáneo y mágico, de quienes juegan un rol de gobierno. Se presume así que la sociedad se divide entre los que demandan el cambio y quienes deben operarlo. En realidad, los cambios no son obra de caudillos, sino de un proceso en el que se deben involucrar los distintos actores sociales.

En la comunidad UPM, cada cual tiene su personal y legítimo propósito, académico, docente, profesional, laboral o filantrópico, pero dicho objetivo se puede, ciertamente enriquecer, si nos proponemos hacer de la experiencia comunitaria nuestra mejor escuela. Nos conviene a todos, estudiantes, profesores, investigadores, directivos, administrativos, personal de trabajo, obispos y bienhechores, propiciar espacios de encuentro para conocernos, interactuar y pensar juntos cómo podemos corregir deficiencias, suplir carencias y generar cambios. Será así, como podremos hacer de nuestro pequeño entorno universitario, un laboratorio de progreso para el bienestar de nuestra sociedad. Sólo así podremos seguir viviendo otros 40 años y más, para beneficio de la Iglesia, de México, de Latinoamérica y nuestra casa común.

Pbro. Dr. Alberto Aniano García
Rector

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