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Varón y mujer: una diferencia que cuenta.

Antonio Malo. Editorial EUNSA, España, 2021.

Introducción de la obra

La cuestión de la diferencia sexual, así como su compleja evolución teórica en las diferentes corrientes del feminismo y de las teorías de género, es un tema que me ha interesado profundamente desde hace varios años, pues estoy convencida de que hace falta dar respuestas satisfactorias a las preguntas que, precisamente, estas autoras han planteado. En este sentido, me parece que esta obra es un magnífico intento de responder y plantear una novedosa visión de la sexualidad humana, que intentaré ahora reconstruir aquí.

Me parece que la tesis central del autor se fundamenta en la idea de que la sexualidad humana no debería verse ni como una realidad estática y determinada por la biología – como lo plantea una concepción naturalista de la sexualidad, que ha dominado en las principales culturas durante muchos siglos – ni como un conjunto de fenómenos caóticos, fruto de fantasías y deseos arbitrarios – propuesta del posfeminismo de género, para el cual, en la base de todas las injusticias, se encuentra la diferencia sexual – sino como una realidad articulada y compleja en la que se involucran tanto la dimensión natural y corpórea del ser humano, como su dimensión psicológica, relacional y social. El autor propone, por eso, utilizar el concepto de condición sexuada que, por un lado, contiene en sí como fundamento la referencia al cuerpo y a la generación y, por otro, se relaciona con la condición histórica, biográfica y familiar de la sexualidad personal.

Para explicar la estructura de esta condición, el autor divide su obra en tres principales capítulos, que atraviesan una investigación que parte del origen de la sexualidad humana desde sus procesos de hominización y humanización, por el complejo recorrido histórico que el concepto de sexualidad ha tenido en la cultura y en la filosofía, hasta una novedosa propuesta sobre cómo lograr una plena integración de la sexualidad, es decir, cómo personalizarla.

Sexualidad e identidad humana

Sobre el primer capítulo (pp. 57-76), que tiene que ver con el origen de la sexualidad humana, me interesa resaltar la profunda documentación científica que reconstruye el autor, para explicar que la reproducción sexual, a las dos diferencias que caracterizan a los seres asexuados (tanto la ontológica, que corresponde a su unidad interna, como la específica, que corresponde a su patrimonio genético), añadió una tercera diferencia: la diferencia sexual, que es intra-específica. Esta diferencia no sólo es una compleja realidad comunicativa, sino que es también individualizante. Sin embargo, aunque es cierto que la reproducción sexual implica una gran inversión de energía y creatividad vital, pues introduce una diferencia dentro de la especie, este rasgo no es suficiente para conferirle valor a la sexualidad. Se precisa averiguar si está dotada de sentido personal. En definitiva, la sexualidad de los animales carece de cualquier valor identitario (tanto familiar como existencial), ya que su significado se reduce a una pura finalidad específica.

Una revisión exhausta de las ciencias sociales nos permite ver que, más allá de su origen biológico, la diferencia sexual humana es de carácter antropológico, pues depende fundamentalmente de los procesos de hominización y humanización de la sexualidad, a saber, depende de una relación particular de cuidado amoroso entre hombres y mujeres, padres e hijos, para la que sólo los seres humanos son idóneos, por ser los únicos que pueden ver las cosas en la perspectiva del otro. En efecto, este cuidado hace que la sexualidad humana se personalice, pues lo que la distingue del resto de los animales no son tanto algunas características corporales o carencias instintivas, sino más bien la transformación de una inclinación biológica en el deseo y amor del otro. El autor concluye, así, este primer capítulo con una sólida idea: la sexualidad humana se origina y desarrolla a partir de las relaciones, más allá de la biología.

Sexualidad, cultura y filosofía

El segundo capítulo (pp. 77-144), magníficamente documentado, muestra la compleja evolución que ha tenido la concepción de la sexualidad para la antropología: desde la filosofía griega hasta el posfeminismo de género, pasando por el pensamiento moderno, la revolución del 68 y las distintas etapas del feminismo. El autor analiza y realiza una síntesis magistral de las ideas desarrolladas por autores como Platón, Tomás de Aquino, Marx, Engels, Simone de Beauvoir, Freud, Foucault, Shulamith Firestone y Judith Butler. Un largo recorrido histórico en el que revisa el paso de una concepción naturalista de la sexualidad en clave masculina que fue transformándose, poco a poco, hacia la idea de una sexualidad entendida como mera construcción sociocultural. Para el autor, esta compleja evolución teórica ha hecho de la sexualidad humana un problema irresoluble para nuestro tiempo, puesto que se ha quebrado el consenso social y cultural sobre el modo de entenderla, integrarla y practicarla. Y en definitiva, a juicio del autor, la integración es la única respuesta válida a los problemas planteados por la sexualidad actualmente.

Aquí me interesa rescatar la crítica que hace el Prof. Malo a las dos visiones históricas de la sexualidad: tanto la visión monista-naturalista como la dualista-libertaria. Por un lado, para el autor, una concepción monista-naturalista de la sexualidad reduce la pluralidad humana a la unidad de la especie, y esta última, al varón; por eso, las diferencias, sobre todo las propias de la mujer, se entienden como una desviación de la perfección de la especie. La falsedad en esta concepción radica en que, para estos autores, la sexualidad tiene como único fin la reproducción. Con ello, se pierde de vista la importante función que desempeña en la formación y el desarrollo de la identidad personal. Por eso, frente a la concepción platónica de la sexualidad, que parece confundir el origen de cada persona con la separación de una parte de un todo, el autor propone la visión del Génesis como un punto de vista más acertado para explicar la sexualidad. Pues, efectivamente, el deseo de Adán por Eva no surge de la nostalgia por recuperar un todo primigenio, sino más bien de presagiar algo nuevo: la unión amorosa con otra persona. A diferencia del mito platónico, Génesis plantea una dualidad originaria, según la cual, mujer y varón son dos modos originarios de ser persona y, por esto mismo, diferentes. De tal manera que la diferencia entre ambos no se basa en una oposición metafísica, ética o política, sino en la reciprocidad entre dos personas de una misma dignidad.

Por otro lado, la ideología de género corrige un error de la concepción naturalista: que la sexualidad no es algo puramente dado y específico, sino que hay que contar también con el influjo de la sociedad y libertad. Sin embargo, esta ideología parte de la separación radical entre sexo y género, afirmando que este último no se basa en las diferencias sexuales ni en las formas corporales, sino en interpretaciones culturales que tienen una infinita posibilidad de construcción y de-construcción personal. Para el autor, esta concepción dualista no permite comprender en qué consiste exactamente el carácter personal de la sexualidad, pues parecería que éste se reduce a la elección libre de los propios gustos, inclinaciones y preferencias, cuya única obligación procede del propio ser en busca de ‘autenticidad’. No obstante, aquello que se juzga más personal (la elección del género) está casi por completo sometido a las modas, presiones sociales y estereotipos culturales. En última instancia, las paradojas de la ideología de género derivan no tanto de lo que ésta afirma – el carácter personal de la sexualidad – como de lo que rechaza, es decir, la existencia de un ligamen entre la sexualidad humana y el cuerpo, así como la finalidad y estructura propias de la sexualidad. Para este dualismo posmoderno, el cuerpo humano, vaciado de todo simbolismo, pasa a ser el espacio en donde la voluntad se dedica a jugar caprichosamente con su poder creativo, sin tener en cuenta la realidad, concretamente, la condición corporal en la que está anclada la libertad de arbitrio del sujeto. Por ello, más que hablar de diferenciación libre, habría que hablar de una desintegración de la sexualidad.

Condición sexuada vs género

El tercer capítulo (pp. 147-246) es el más creativo y propositivo de esta obra, pues es en donde el autor explica la estructura de la condición sexuada, la cual pasa de la tendencia sexual al deseo erótico al enamoramiento y al don de sí, que conduce a la generatividad. La clave de esta propuesta se halla en la idea de que la diferencia sexual es una dualidad originaria, según la cual, cada uno conoce, reconoce y se reconoce, dándose a conocer, precisamente, como varón o mujer. Tanto es así que, para entender la propia identidad, se necesita la alteridad y la relación con el otro: el varón es consciente de su identidad masculina a través de la relación con la persona de condición sexuada femenina y viceversa. De hecho, las etapas temporales del desarrollo de la condición sexuada son necesarias no sólo para alcanzar la madurez genética, hormonal y cerebral (el sexo corporal), sino sobre todo para tomar conciencia del propio modo de ser varón o mujer en el mundo, a través de la mirada de la persona del otro sexo, de su deseo y del propio, y de la donación recíproca.

La conclusión a la que llega el autor después de una magnífica exposición en la que documenta los procesos de tendencia-deseo-don que estructuran la condición sexuada, es que, en los actuales debates sobre sexualidad y género, lo que está en juego es la distinción entre lo “dado” y lo “construido” – distinción que se remonta a la diferencia que existe entre naturaleza y cultura. Pero el autor analiza en este planteamiento una equivocación, pues se reduce la naturaleza a pura biología y la cultura a simple construcción social. Sin embargo, la naturaleza humana existe en las culturas como un sustrato necesario, y la cultura configura siempre la naturaleza de un modo determinado. Por eso es posible afirmar que el sustrato natural de la sexualidad humana es la existencia de una perspectiva y una tendencia sexuada que, normalmente, requiere de un largo proceso de personalización a través de una serie de etapas: la del deseo, la del enamoramiento y la del don de sí.

Conclusiones

El concepto de condición sexuada refiere así a una estructura relacional generativa de las personas, de la familia y de la comunidad, que contiene en sí la sexualidad en toda su amplitud corporal, tendencial-afectiva, racional-volitiva y, sobre todo, relacional. En este sentido, la condición sexuada no es algo totalmente dado, sino que debe pasar por diferentes etapas de desarrollo natural, relacional y social, como la formación de la sexualidad corporal, la identificación psíquica, la integración personal, la donación y la generación. En definitiva, integrar la propia condición sexuada significa lograr que esta forma parte de una identidad irrepetible, lo cual es posible porque la persona dispone, en cierto sentido, de su condición sexuada: puede aceptar o rechazar las relaciones sobre las que construye su identidad como varón o mujer. Por eso, el modo de ser varón o mujer, cuando no se concibe como el de un mero individuo de la especie humana ni se basa simplemente en deseos y gustos, lejos de confinar a la persona en su yo, la abre a una existencia verdaderamente social, que se refleja en el modo profundamente humano de establecer relaciones con los demás.

En última instancia, para el autor, en la distinción entre sexualidad y condición sexuada se encuentra la clave para zanjar el debate sobre el carácter ontológico o no de la sexualidad. Su tesis fundamental es que la persona está en el ámbito del ser, mientras que la condición sexuada está en el de la esencia, gracias a su carácter corpóreo. Ontológicamente, las personas son irrepetibles e incomunicables, mientras que la condición sexuada masculina o femenina es algo que cada uno o cada una tiene en común con todos los varones o todas las mujeres. La condición sexuada es, por ello, parte constitutiva de la esencia humana, la cual, a su vez, participa en el acto de ser personal.

Motivo a todos los que participan de esta presentación a comprar este libro, a leerlo y comentarlo en casa, en las aulas, entre amigos pues, en definitiva, lo que buscamos en estos espacios es abrirnos al diálogo y a la búsqueda de la verdad, a fin de esclarecer el misterio y la belleza de una realidad tan profunda como lo es la sexualidad humana. Concluyo, sin más, con una cita del autor que resume en pocas líneas lo que aquí he tratado de explicar:

“La condición sexuada es, a la vez, natural y cultural, psicológica (a través de los procesos de identificación y diferenciación), ética (mediante su integración), relacional (por medio de la familia, la generación y la genealogía) y, sobre todo, humana, pues es origen de lo humano y de su desarrollo” (pp. 238-239).

Martinique Acha Alemán
CEFABIOS | 25.01.2022

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Alexandro Moreno

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