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“¿Hasta cuándo, Señor, daré gritos desgarradores, sin que te dignes escuchar, y clamaré a ti ‘¡no hay más que violencia!’ sin que de dignes salvar? (…). Ante mi vista solo hay destrucción y violencia, pleitos y contiendas” (Hab 1,2-3).

Estas palabras proféticas pueden ser repetidas por muchos en nuestros días, y no como algo aislado, sino como algo permanente en nuestros ambientes, desde los más inmediatos hasta los de la esfera internacional.

Cuando lanzamos la mirada a los hogares, vemos el aumento alarmante de la violencia familiar; si nos fijamos en los noticieros, vemos señales de violencia en las calles, en los espacios laborales, en todo lugar; buscamos esparcimiento en los deportes y ahí también nos topamos con la violencia desatada, que tiñe de sangre. Personas y grupos violentos se asientan y prevalecen en cada rincón del país, ejerciendo violencia física, económica, psicológica, social, cultural. Incluso entre quienes se manifiestan para quejarse de la violencia hay quienes lo hacen ejerciendo violencia y destruyendo todo a su paso. Si alzamos la mirada a horizontes más amplios, encontramos de nuevo la violencia: militar, comercial, racial, religiosa; violencia de todo tipo, violencia planeada por los poderosos, pero ejercida y padecida por los que tienen que obedecer a los poderosos; violencia que deja su estela de desplazados y empobrecidos, de individuos, familias y grupos que tienen que comenzar de nuevo.

Podemos hacer como que no vemos, podemos pretender seguir así, por lo menos mientras no nos alcance directamente, trastocando nuestra vida. Pero eso equivale a esconder la cabeza, como el avestruz, y no hará más que convertirnos en cómplices o víctimas, o ambas cosas.

Pero podemos también tomar en serio el asunto. Más aún, debemos hacerlo, debido a su urgencia: necesitamos considerar el tema desde variados ángulos, aprovechando toda ayuda, valorando cada propuesta y aventurando caminos de solución. Y necesitamos tener claro que en esta tarea estamos involucrados todos, que toda voz es valiosa, que toda experiencia puede iluminar, que el silencio no hace más que ahondar el problema y postergar su solución.

Todos queremos vivir en paz, todos necesitamos espacios para crecer, crear, desplegar capacidades, hacer realidad posibilidades. Muchos hemos experimentado la grandeza de vivir en armonía, de sentir en común, de disfrutar la belleza y la bondad; y tenemos la certeza de que ese es el modo mejor de vivir, y de que es posible.

Es tiempo de intercambiar ideas, de confrontar propuestas, de escucharnos todos y de ayudarnos unos a otros; ya es tiempo de que individuos o instituciones se animen a propiciar diálogos, a encabezar propuestas. Y para los que creemos, ya es tiempo de repasar los proyectos de Dios para nosotros, testimoniados en la Escritura. Sus planes siguen en pie. Y son para nuestro bien.

Pbro. Dr. Francisco Nieto Rentería
Revista Efemérides Mexicana y Publicaciones

 

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