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Se cumplen doscientos años de la temprana y precipitadamente llamada «consumación» de nuestra independencia. «Consumación» es mala palabra, así aparezca en el Acta del 28 de septiembre de aquel año iniciático, pues parece hacer referencia a un matrimonio mal avenido o a un fuego que quema sin purificar. En cualquier caso, tiende a hacernos pensar en un proceso que en forma inexorable terminaría dónde y cómo terminó. Nada puede ser más inexacto en la siempre porosa y compleja historia.

El hombre del momento, Agustín de Iturbide, tenía claros la peculiaridad que requería reconocerse en Nueva España para mantenerla unida en precoz carta al general Vicente Guerrero, datada usualmente en enero de 1821 y, en cualquier supuesto, previa a la proclamación del Plan de Iguala. Sin tal perspicacia, aunada a la de un Guerrero que supo percibir de inmediato hacia dónde pretendía avanzar el antiguo azote de la insurgencia, la «consumación» no habría tenido rasgo alguno de «inexorable».

Para comenzar, Iturbide se manifiesta como interesado «como el que más» en el bien de «esta Nueva España, país en el que como usted sabe he nacido y debo procurar su felicidad». Semejante «país» es visto como un todo orgánico, integral, que debe evitar la desarticulación por todos los medios que sean necesarios, para lo cual han marchado ya hacia España los diputados novohispanos (el coronel enviará su Plan de independencia a Nueva Galicia, Yucatán, Guatemala y provincias internas, de lo que puede deducirse que «Nueva España» es empleada por él como sinónimo de esa «América Septentrional» que habrá de devenir, como “país”, en «Imperio Mexicano»), que «poseídos de las más grandes ideas de patriotismo y liberalidad» habrán en primerísimo término de hacerse cargo de las peculiaridades constitutivas de lo mexicano, que exigían ante todo «el que todos los hijos del país, sin distinción alguna, entren en el goce de ciudadanos». Se pone de manifiesto, como habrá de hacerse en el Plan de Iguala, que la añeja idea insurgente de igualdad en condiciones para todas las expresiones étnicas, tan cara a Morelos, a Guerrero y a Pedro Ascencio, formarán parte de la primera expresión de un constitucionalismo patrio «análogo a las circunstancias» del reino.

Es más, la delicada cuestión de la jefatura del naciente Estado se toca epistolarmente anunciando la idea de ofrecer el trono mexicano a Fernando VII (cuyas posibilidades de aceptación prácticamente se descartan) o a sus hermanos don Carlos o don Francisco de Paula (idea que, como sabemos, se hallará presente lo mismo en Iguala que en Córdoba, y que dará origen al célebre partido «borbonista»). Iturbide parece seguro de que los diputados (uno de ellos, su íntimo amigo Juan Gómez de Navarrete) «nada omitirán de cuanto sea conducente a la más completa felicidad de nuestra patria». No deja de ser bella esta referencia que anuncia al rojo de la cucarda Trigarante, a la Unión como garantía de felicidad para todos, americanos, europeos, asiáticos y africanos que habiten la América del Septentrión, tal como rezará el proemio del Plan de Iguala.

En la vieja España, sigue Iturbide, «reinan hoy las ideas liberales que conceden a los hombres todos sus derechos», y Fernando VII “el Grande” (¿?) se halla tan consciente de la importancia de América que no ha querido tratar las reformas más importantes del Veinteañismo (la de órdenes religiosas ante todo) sin la presencia de los diputados indianos propietarios. Con todo, si por alguna razón no se hiciera justicia a la América mexicana en el Congreso “yo seré el primero en contribuir con mi fortuna, con mi espada y con cuanto pueda a defender nuestros derechos”».

Más allá de abrazos o no abrazos, la prudente respuesta de Guerrero es bien conocida y parece haber convencido a Iturbide para que, en definitiva, buscase la Constitución adaptable a un México que comenzaba a exigir, como no ha dejado de hacerlo en doscientos años, Libertad para vivir la dimensión espiritual de la dignidad de sus habitantes e igualdad para alcanzar el bienestar material mínimamente aceptable, Unión entre los territorios y las personas llamadas a articularlo, e Independencia para procurarse una felicidad trascendente al mero «modo de ser libres».

La claridad en las visiones de 1821 parecía anunciar derroteros más exitosos para nuestro nosotros. Esos derroteros, sin embargo, jamás han de presentarse inexorables, pues requieren del concurso de buenas y eficaces voluntades humanas que, a la verdad, han brillado por su ausencia. Las tres cuestiones que hemos analizado en estas líneas exigen, hoy como ayer, mayores y reforzadas garantías.

Rafael Estrada Michel

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